Schoenstatt para la Iglesia

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Virgen Peregrina – Triduo mayo 2019

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Envejecer bien

En nuestras  sociedades occidentales aumenta el número de personas ancianas debido al nivel  de vida y al progreso constante de la medicina.

Envejecemos por razones biológicas, pero también por  razones culturales: con frecuencia, la vejez implica una clara reducción de la actividad y, consecuentemente, de la productividad.

Nuestra sociedad heredera  de la era industrial y de un crecimiento ininterrumpido desde hace generaciones concede poca importancia  a los ancianos.

Nuestras  sociedades envejecen y ven que el número de personas mayores aumenta mientras que el de jóvenes  disminuye. El mito de la juventud como una etapa deseable, envidiable y rica en esperanza gana  cada vez más amplitud.

No admitimos que el tiempo pasa, tenemos miedo de los  signos  de envejecimiento del cuerpo. Las modas y  la opinión contemporáneas exaltan el culto a los valores juveniles, mientras que la vejez se convierte rápidamente en sinónimo de  debilidad y declive.

Yo creo que hay que liberarse del miedo a la vejez para  aprender a  envejecer bien.

No se trata de negar las sombras y fragilidades de la vejez, pero tampoco se  trata de que la alienemos: envejecer forma  parte del camino  de la existencia y es una etapa de la vida que tiene  sus propias  ventajas.

Se  supone que los años deberían traer paz para el alma. Esa paz que nos da el hecho de saberse que hemos hecho lo que Dios quería a lo largo  de nuestra vida. Se trata de poseer una alegría serena  fraguada en luchas, sacrificios y renuncias. Una serenidad conquistada en la certeza de saber que es Dios quien construye  nuestra vida. Madurez de vida, tranquilidad del alma, paz del corazón. Eso sí, con las inseguridades y dudas, porque no desaparecen con el paso  de los años. Aunque sabemos que el reposo verdadero sólo lo logramos cuando descansamos en Dios, cuando nos fiamos  de sus planes, cuando nos abandonamos en sus deseos.

La serenidad de los que ya no tiene  nada que demostrarle a nadie, tampoco así mismos, porque han vencido y han sido derrotados, han caído y han alcanzado la cimas, han amado y han experimentado el desprecio. Es la madurez  de la vida, es esa felicidad que todos quisiéramos tener, una felicidad ganada  con el paso  de los años, sin prisas.

Con la calma que da saber que lo hemos dado todo y que los resultados poco importan, porque la vida pasa y el amor es eterno y estamos hechos para la vida verdadera. Esa vida  con Dios en la que Él ha inscrito nuestros nombres en el cielo

Conviene aprender a  vivir según cada etapa de la vida, ya que cada una solamente se vive una vez. En cada nueva etapa debemos aprenderlo.

Una vida generosa, la clave para envejecer bien. Una vida buena que persiga el bien común diariamente. Una vida bella que implique contemplación, oración, fascinación, gratitud.

Tener una actitud de búsqueda del bien común día  a día, con una conciencia despierta ante  la importancia de nuestras elecciones y de la calidad de  vida que intentamos establecer con quienes nos rodean.

No podemos conseguir una vida plena sin los demás. ¡Ahí creo yo que está la clave!

Una vida buena está, en definitiva, marcada por el amor que damos y que recibimos.

No hay que esperar a la jubilación. Ya, desde  ahora mismo, sin  importar nuestra edad, no perdamos nunca de vista el sentido del prójimo.

Trabajemos junto a las generaciones jóvenes con todo nuestro corazón. Y aunque la fuerza física nos falle, vivamos con intensidad todas  nuestras acciones, hagámoslas con amor: desde una llamada a los nietos hasta el compromiso en un voluntariado.

No hay nada como una mirada repleta de amor para protegernos de la tristeza y el hastío.

Creo que hay que transmitir un solo deseo a los jóvenes que tienen toda la vida por  delante y toda la vida para construir una vida generosa:

“Que un día alguien pueda decir de ti que has  amado mucho, que tu vida fue una historia de amor y que, por tanto, fue una vida que mereció la pena vivir”

Antonio Cabrera

Triduo Virgen Peregrina marzo-abril 2019

 

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¿Traer gente a la Iglesia o traer la Iglesia a la gente?

Si nos hemos dado cuenta el 95% de las actividades que llamamos de Nueva Evangelización consisten en traer a la gente a la Iglesia.

Ya sea una evangelización nocturna, haciendo unas misiones populares, o predicando desde el púlpito a los que ya están dentro, parece que todo se trata de traer a la gente a lo nuestro. Lo cierto es que aunque fuéramos la más atractiva de las  Iglesias, con las más atractivas de las personas dentro, todavía habría algo mal planteado en una evangelización que se concibe como traer a los de fuera adentro de la Iglesia.

Si el Papa nos pide ser una Iglesia de salida, ¿cómo es que seguimos siendo una Iglesia de llegada? ¿Cómo podemos dormir tranquilos con una oveja en el redil teniendo noventa y nueve fuera? ¿En qué mente cabe pensar que una parroquia de éxito es la que  acomoda más gente el domingo y no la que más gente envía?

Una Iglesia que no hace primero un ejercicio de autoevaluación, difícilmente se `puede poner a evangelizar porque en el mejor de los casos traerá a la gente de visita pero en absoluto estará en condiciones de dar nada de sustancioso porque le falta lo más fundamental, ya que está inmersa en una crisis de identidad.

Resuelto el problema de fe e identidad no hay que lanzarse precipitadamente a evangelizar. Una Iglesia que se ocupa en misiones, planes y proyectos de pastoral sin preocuparse por el hecho de no tener a las personas adecuadas para llevarlas a cabo, ni sostener  e invertir en las que sí podrían hacerlo, sería el enésimo papel mojado que no tendría resultados y del cual ni siquiera se hará revisión.

No basta con salir de mentirijillas para traer  gente adentro. Tampoco sería suficiente salir de corazón, a tumba abierta, y perderse por los caminos del mundo para acabar secularizados como les pasó a tantos en el postconcilio.

Hace falta redescubrir nuestra identidad más profunda en Cristo, la que nos edifica como Iglesia y nos hace misioneros una vez que hemos sido hechos discípulos. Esto no es fácil  entender y diferir.

Si queremos llegar afuera, primero tendremos que llegar adentro, al núcleo de la fe, a la experiencia primera, a Jesucristo. Si no estamos dando a Jesucristo, la primera pregunta es si acaso no será que no lo tenemos suficientemente agarrado, y más nos vale asirnos de su orla si queremos ir  a algún lado..

Si queremos llegar a los de fuera no podemos pretender que entren en una casa, la de la evangelización, el discipulado y la misión, que lleva años sin limpiarse, sin renovarse, y cuyas maneras y cuyo liderazgo son los que nos han llevado a la crisis actual.

Si queremos llegar a los de fuera tendremos que arriesgarnos a salir fuera nosotros también, ponernos de reformas y quedarnos en la calle mientras tanto, a ver si en el proceso  se nos quitan algunas adherencias y anquilosidades que se nos ha generado a base de llevar tanto tiempo dentro.

Hace falta una Iglesia fuera, en salida, que se reencuentre consigo misma en las periferias, no una Iglesia autorreferencial y nostálgica de tiempos mejores donde traer a los cuatro despistados que aún se prestan a pisar una reliquia del pasado. El día que hagamos esto, aunque parezca paradójico, será cuando se vuelvan a llenar las Iglesias, cuando lleguen conversos y no simples turistas, pseudoevangelizados o despistados anacrónicos, que parece que es lo único que conseguimos atraer hoy en día.

Porque no es lo mismo traer a alguien a la Iglesia con minúsculas que traer a alguien a la Iglesia con mayúsculas.

Lo primero puede ser traer a alguien a un edificio, a un grupo pío, a una actividad o una celebración; lo segundo es traer a una persona de la muerte a la vida, de la condenación del pecado a la salvación en Cristo….y para eso existe la Iglesia para dar vida en abundancia y eso en una palabra es la evangelización.

En Schoensttat tenemos un gran tesoro, en María, en su Santuario, en el carisma que  el Padre Fundador nos dejó como herencia.

María desde el Santuario nos confía  su misión. Ella sabe que no puede hacer nada si no tiene instrumentos dóciles a los que enviar a realizar la gran misión de transformar el mundo. Sin corazones abiertos que den en sí sincero no hay misión en el mundo. Tenemos  un lugar donde cambiar esos corazones: el Santuario, llevémosle al mundo, no lo guardemos para nosotros ese gran tesoro, muchos están necesitados de Él. Seamos auténticos  Santuarios vivos.

Que el Espíritu Santo encienda en nosotros el fuego de Pentecostés para que alejemos el miedo a salir fuera, a evangelizar, miedo a llevar a Cristo, a través de María, como respuesta al hombre de hoy.

Antonio Cabrera

¿Cuál es tú tesoro?

Un día le pregunté a uno de mis nietos que cuáles eran sus tesoros. Me dijo: mis aviones y naves y una caja de cromos. Me puse  a pensar en mis tesoros.

Pensé, si mi casa ardiera y tuviera cinco minutos para irme. ¿Qué  me llevaría? Hice una lista. Es muy corta. Cosas del alma. Cosas que  me atan a mi historia y a Dios. Pero incluso si ardiera todo, mi tesoro seguiría intacto. Porque va conmigo donde yo voy.  Nadie me lo puede quitar.

¿Qué recuerdos son para mí tesoros? ¿Qué vivencias son los tesoros de mi vida que pase lo que pase nunca se irán? ¿Qué personas forman parte de mi tesoro?

Todos tenemos un tesoro personal y Dios ha puesto en nuestra vida y en nuestra alma el mapa para encontrarlo. En lo cotidiano y en lo que soy, sin hacer grandes cosas. Dios se dedica a eso. A regalarnos tesoros.

En medio de un dolor hay un tesoro para mí. En medio de mi trabajo. De una opción. De una renuncia. Si sé mirar hondo ahí está mi tesoro.

Hay personas que han encontrado su tesoro y otra que han vivido lo mismo y sólo se han quedado en la superficie.

Hay palabra que escuché y son mi tesoro. Un ”te quiero” que me sanó, un perdón que me liberó. Una canción que escuché y me abrió a un mundo muy profundo. Una idea  que escuché y enraizó en mí. Unos principios que me sostienen más allá de normas externas. O quizás mi tesoro lo encontré cuando me entregué. Cuando salí de mí.

Mi tesoro no  solo es lo que guardo, también es lo que no tengo. Lo que anhelo y a lo que renuncio. Mis sueños son mi tesoro. Mis deseos. Los deseos del alma me ponen en camino. Me mantiene joven, Dios  siempre los hace plenos. En el cielo será así. Siempre pienso eso. En el cielo seré todo lo que hoy sueño. Es ese tesoro inagotable del que me habla Jesús.

Cuando lleguemos al cielo el que tenga las manos más vacías las tendrá llenas. Siempre pienso que Dios mide y cuenta al revés que yo. Dar es tener. Perder es ganar. Vaciarse es estar lleno. Renunciar es poseer. Quiero vivir así. Contando al revés, como Jesús.

Antonio Cabrera

Virgen Peregrina – Triduo Enero-Febrero 2019

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Triduo de la Virgen Peregrina – diciembre 2018

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