Schoenstatt para la Iglesia

P.-Kentenich1El Padre Kentenich murió el día  de la Virgen de los Dolores, un domingo. Fue todo  un signo, un día  de María y un día de Resurrección. Porque su muerte fue la coronación de una vida consagrada a María y su Misión, una vida signada por la cruz.

Su vida terminó con una Eucaristía. Poco tiempo antes había dicho que moriría en el altar. Esto fue un signo de lo que muchas veces había predicado: que la Santa Misa debía ser el punto de partida, cumbre y culminación de nuestra vida cotidiana.

La Pascua del Padre Fundador aconteció en medio de los suyos, murió en familia, último signo de  su carisma y mensaje: “Nos pertenecemos el uno al otro ahora y en la eternidad….entonces, permaneciendo el uno en el otro y con el otro, contemplaremos a nuestra querida Madre y a la Santísima  Trinidad”

La Virgen se lo llevó después de celebrar por primera vez la Misa en la Iglesia  de la Adoración en Schoenstatt, el 15 de septiembre de 1968, festividad de Nuestra Señora  de los Dolores, dolores que él había compartido muy íntimamente a lo largo de su vida ya que todos sus sufrimientos habían sido únicamente por Ella, por la misión de María frente  a la Iglesia y al mundo del futuro. Por la Santísima Virgen, el Padre Fundador había sufrido calumnias del mismo tipo que sufrió Ella. Como Ella, gustó también las amarguras del destierro.

Su historia  de vida muestra una vez más, que Dios elige  a los suyos  de la nada y se glorifica a partir de la pequeñez humana. Una vida  que recuerda  que  es Dios quien conduce la historia y regala a sus instrumentos una fecundidad admirable y desbordante. Fue un hijo de María, de corazón encendido por amor a Ella y apasionado por la transcendencia  de la misión de renovar la Iglesia y forjar una nueva cultura en Cristo Jesús. Nos encontramos ante la figura de un gran educador y formador de hombres, savia nueva para la Iglesia del tercer milenio.

Más allá de los recuerdos del día de su partida a  la Casa  el Padre, cada 15 de septiembre nos invita a preguntarnos: ¿Qué espera el Padre Fundador de los miembros  de su Familia  de Schoensatt ?

Creo que lo que él quiere es que nosotros lo hagamos presente en el mundo de hoy. Quiere que cada uno de nosotros lo prolongue  a él, a su obra y su carisma. Así es como podemos canonizarlo.

La Iglesia, al canonizar  a una persona, confirma que vivió una vida santa y que por eso es modelo para todo cristiano. Pero no sólo canoniza a la persona, sino también lo que la persona hizo, proclama la validez  de su obra.

Creemos que a través de él, Dios  ha querido dar una respuesta a los desafíos de nuestro tiempo. Como Familia  de Schoenstat hemos  de asumir esta respuesta en nosotros mismos y entregársela como un servicio a la Iglesia y al mundo. Hemos  de ser prolongadores del carisma de nuestro Padre.

Las palabras “Dilexit Ecclesiam”-Amó a la Iglesia- grabadas en su tumba, expresan claramente la gran preocupación de su vida: regalarle  a la Iglesia un gran Movimiento de renovación mundial.

El Padre siente la necesidad y la responsabilidad de ayudar y renovar la Iglesia para que Ella pueda ser alma del mundo. Y Schoenstatt tiene la tarea de ser María en la Iglesia, de ser corazón de  esa Iglesia renovada. Debemos dedicarnos a construir Schoenstatt, así trabajamos por la Iglesia del futuro. También podemos ayudar a la Iglesia insertándonos actívamente en los organismos pastorales de la Iglesia, en la diócesis, en  las parroquias, en las pastorales, “Somos la carta de presentación del Padre Kentenich”. Ese tesoro que tenemos en nuestro Santuario, tantos regalos como recibimos de Schoenstatt, no son para guardarlos, sino para transmitir a otros, para enriquecer  a la Iglesia.

La Familia de Schoenstat siente, que desde que el Padre Fundador murió, lejos de haberse hecho más distante, su persona se ha vuelto más cercana. La intimidad con el Padre Kentenich ha crecido, en la medida que los suyos  se unen a él.

Él bendice al que se le entrega, al que le da su cariño de hijo. El bendice de forma extraordinaria porque está más cerca de la Santísima Virgen que nunca.

Schoenstat debe ser corazón  de la Iglesia y además alma del mundo. El Padre llama a transformar el mundo. Si queremos hacer presente al Padre, no podemos quedarnos tranquilos en nuestra casa, vivir allí nuestro cielo. Tenemos que luchar para que nuestra tierra llegue   a ser un trozo de cielo. Es el mejor regalo que le  podemos hacer  a nuestro Padre Fundador en el aniversario de su muerte.

 

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